
A lo largo de mi vida, he tenido muchas experiencias junto a la escritura, las cuales evolucionaron conmigo en mi recorrido por la vida académica, donde siempre me esforcé al máximo para poder mejorar mis habilidades y ser reconocida por hacer un buen trabajo. Sin embargo, a pesar de haber tantas, hoy vengo a hablarte de sólo una, la que plantó la semilla de la escritura en mi cabeza. El recuerdo más remoto que comparto con esta actividad sucedió en segundo de primaria. Mi profesora de español nos dejó una tarea de las que proponía el dichoso libro SEP como proyecto: escribir un cuento corto. Para éste, me propuse hacer un gran esfuerzo para ser uno de los mejores, si no es que el trabajo más impactante que presentarían mis compañeros.
Previo a comenzar la lluvia de ideas del desarrollo de este cuento, le pedí ayuda a mi mamá en cómo presentar el trabajo, de manera que pareciera un libro de verdad, mandado a imprimir. Ella me propuso comprar un metro de un papel parecido al pergamino, me gustó la idea y procedí a ponerme manos a la obra. ¿Cómo le haríamos para engrapar y compaginar el texto? Lo pensaríamos después. Así, después de idear el diseño, comenzó el verdadero reto: inventar, estructurar y escribir un cuento.
Sinceramente, nunca me había enfrentado a un desafío de ese calibre, y menos a esa edad. Sí, había escrito autobiografías cortas y mi opinión sobre las pequeñas lecturas que nos enviaban para trabajar en casa, pero nunca había dado a luz a una historia totalmente inédita. De esta manera, hice lo que cualquier niña de siete años haría con una tarea que no sabe cómo hacer: le pedí ayuda a mi mamá, de nuevo. No recuerdo exactamente cómo surgimos con la idea, seguramente fue porque recientemente habíamos visitado el Zoológico de Chapultepec, así que sí, el cuento trataba de la amistad entre los animales que habitaban en este lugar. La tarea me tomó varios días.
El proceso transcurrió de esta manera: escribía mis ideas en una hoja en blanco, mi mamá las leía, corregía ortografía y gramática, me recomendaba cómo enriquecer la historia y yo la escribía en el pliego de papel pergamino.
Honestamente, no recuerdo mucho de qué trata bala trama y actualmente tampoco tengo manera de consultarlo, pero disfruté mucho el proceso de ese proyecto. Así pues, después de todo ese largo tiempo de sudor y lágrimas, llegó la hora de entregarlo. No me sorprendí para nada cuando mi profesora me dijo que era el mejor trabajo que había recibido en sus muchos años de docencia, a final de cuentas, ese era el objetivo de todo mi esfuerzo y dedicación. A día de hoy, sigo sin saber dónde está ese cuento. Mi docente lo calificó y nunca regresó a mis manos, aunque mi intuición me dice que ahora es usado como ejemplo de lo que es un trabajo creativo hecho con dedicación. Sin embargo, aunque no lo tenga en físico, siempre recordaré con cariño esa experiencia que me acercó más que nunca a esta actividad, porque así, comenzó la historia de una escritora.
VOCES